Costumbres ancestrales

Hay cosas que aunque pasen muchos años, siguen siendo actos realizados sin pararnos a pensar tan siquiera en lo que hacemos. Son actuaciones que se repiten día a día, año a año y de generación en generación.

Pasan desapercibidas porque ya están tanto tiempo entre nosotros que las vemos absolutamente normales.

Me gustaría pararme en una de ellas, y, si los dioses lo permiten, más adelante hablaré de otras muchas más.

La primera es la costumbre ancestral de Creación de hoyos playeros.

De verano en verano, al igual que los salmones vuelven a la puesta de huevos surcando los ríos a contracorriente, los padres y madres, de las manos de sus hijos, se aproximan a la orilla de la playa y, con un despliegue variado de herramientas, hacen castillos de arena, y, por supuesto, hoyos.

Los hay de todo tipo y formas, más grandes, mas pequeños, tipo cráter, petrolíferos, comunitarios, solitarios, dispersos, etc. Pero todos tienen el común denominador: El conocimiento de la costumbre ancestral ha sido transmitido desde sus progenitores y ellos, a su vez, lo transmitirán a sus vástagos.

El padre o la madre, que para el caso da igual quien sea, lleva al hijo o a la hija, que para el caso también da igual, y establece un perímetro de trabajo. En algunos casos ese perímetro viene marcado por el dedo índice del pié derecho, haciendo surco sobre la arena, y en otros, con un palito que la marea ha depositado en la playa.

Los niños escuchan con verdadera devoción las explicaciones que sus padres les imprimen, ya que se saben señalados por el dedo del destino para ser portadores de conocimientos futuros, y, al margen de estados y naciones, razas y culturas, serán los elegidos en desarrollar esos conocimientos frente a otros niños e incluso algún mayor despistado que no recibió tan valiosa transferencia del conocimiento.

En un momento dado, el docto profesor de la materia, comienza la parte práctica y agarra las herramientas que los pequeños han traído en sus manitas o en un cubo, escarbando más y más en la arena de la orilla.

Al principio la arena está seca y deja en el aire una nube de polvo que impregna los cuerpos de los presentes, pero poco a poco va tornándose más oscura, hasta que en un momento dado, surge un pequeño charco. ¡¡ Es el agua !! ese bien tan preciado, que hemos conseguido extraer del seco suelo.

¡¡ Agua !! gritan extasiados los niños. ¡¡ Siiiiii !! gritan los padres. Que yo me pregunto en ese momento. ¿Qué esperaban encontrar, petróleo a la orilla de la playa?. ¡¡¡ Biennnnn !! vuelven a gritar los niños, a la vez que saltan y aplauden posesos como si hubiesen apagado las velas de un cumpleaños. Por cierto, ¿por qué los críos siempre usan el grito de “bien” para todo ?. Da igual si se van de excursión, apagan velas propias o ajenas de cumpleaños, siempre hay un bien para todo…Probad y veréis que si con un grupo de críos a vuestro lado decís ¡bien! prolongando la “e” bastante, todos saltan como un resorte y dan saltitos y aplauden. ¿Estarán programados para eso?, ¿nosotros también lo hicimos de pequeños y luego nos borraron la programación mental ya ya no lo hacemos?. umm habrá que pensar en ello.

A lo que vamos, a los hoyos.

Después del magno momento del descubrimiento del agua en el hoyo, el mayor, sofocado por el calor y por haber estado casi cuatro minutos escarbando, pasa el testigo a los niños, y éstos se lanzan con las palas, cubos, trozos de pelota de goma que anteriormente han roto, y cualquier utensilio válido, a la tarea de hacer un hoyo semejante que sea capaz de acoger en sus fauces, a tantos menores como se conformen el grupo.

Se meten dentro y, desde allí, se mojan con el agua que sigue habiendo en el fondo y que, inútilmente, intentan hacer subir por los costados del hoyo, infiltrándose entre los granos de arena para desaparecer y, como el río Guadiana, aparecer otra vez en el fondo.

Es ésta una hermosa tradición que no deberíamos permitir que desapareciera, ya que, a través de las enseñanzas recibidas y después impartidas, pasamos de ser alumno a profesor en la vida,y eso es un paso y un estatus que eleva nuestro espíritu, sabedores de que hemos transmitido tan preciado legado a unos jovencillos ávidos de sabiduría.

Por eso, este verano, cuando veamos a un afanado mayor instruyendo y ejecutando labores perforadoras a la orilla del mar, junto a un nutrido grupo de menores, apreciemos y veamos en él a un Séneca del siglo XXI y no a un pobre pringadillo que se quiere quitar de en medio a los críos.

Recibid un saludo

Juanjo O’Pater

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