De humanos y canes

Hay cosas en la vida que no te las puedes ni imaginar, ni las puedes comprender. Son de esas experiencias que solo pasan en una ocasión y, si no estás allí en ese momento, cuando te lo cuentan, crees que se están riendo de ti.
Una de esas ocasiones ha sido vivida por mi mismo ayer tarde y todavía estoy pensando y dándole vueltas a ello.
Lo contaré y que el lector determine el grado de incredulidad que genera la misma.
Tengo un perrillo en mi piso que me hace mucha compañía. Llegó a mí de rebote, por hacer un favor a un muy buen amigo mío.
Rusty, que así bauticé al perro, era un cachorrillo de apenas dos semanas de vida cuando este amigo me pidió que se lo cuidara porque él tenía que irse de vacaciones y le daba remordimiento dejarlo en la calle a expensas de que alguien le diese pena y lo recogiese. «Responsabilidad paterna canina», eso es lo que tenia este amigo mio en ese momento. Se queda con el cachorrillo porque le sirve como trampolín para entrar en materia con una «pibita», como a él le gusta decir, y cuando le sobra, allí esta su amigo Juanjo para que se haga cargo.
Debo de ser algo así como un tío lejano para este perrillo ahora que lo pienso.
Bueno, el caso es que Rusty aparece en casa para una corta temporada y lleva conmigo la friolera de 3 años conviviendo. Según el saber popular, Rusty tiene algo así como 21 años de la edad humana, porque a razón de 7 años de equivalencia, mas o menos esa sería su edad, con lo que decirle perrillo es un eufemismo, porque este perro ya podría haberse independizado y tener familia.
El perro no es de una raza particularmente especial, es un chucho como los que nos podemos encontrar por cualquier calle de pueblo extrarradio, vagando de aquí para allá y olisqueando al que pasa de una manera rápida, fugaz y con un ojo a la derecha y otro vigilando la posible salida de emergencia en caso de que al humano no le apetezca que le olisqueen.
No levanta más allá de dos palmos del suelo y es muy vivaracho . Tiene el pelo duro de color blanco, a excepción de una mancha marrón que le cubre desde un costado al otro, pasando por el lomo, a modo de silla de montar. Los ojos son pequeños y negros, tanto, que cuesta distinguir la pupila del contorno.
En fin, que como animal de compañía, no tiene precio y ya nos hemos compenetrado de una manera especial perro y amo. Eso de amo no suena bien, pero define más claramente quien debe mandar en una casa con mascotas.
Me pierdo en detalles, a lo que vamos…a la situación extraña.
Como todas las tardes, cuando el sol ha bajado un poquito, Rusty ya sabe de la rutina diaria y se aproxima al puf donde suelo poner los pies para ver más cómodamente la televisión, y allí, se queda sentado sobre sus patas traseras y me mira insistentemente. Yo me hago el loco, pero se que está allí y cuando le miro de reojo, él abre esa boca rosa llena de pequeños dientes y saca la lengua como diciendo «¡eh!, que te he visto mirarme…». También mueve el rabillo de derecha a izquierda con una velocidad in crescendo, para indicarme de una manera más explícita que se ha percatado del momento rabillo del ojo. Y así le hago martirizar un ratito.
Luego apago la televisión y, haciéndome el remolón y el molesto, le increpo por su nombre mientras me preparo y adecento para salir, acompañado por los saltitos de Rusty alrededor mío. Parece mentira lo alto que puede llegar a saltar un perro tan pequeño…
Permite mi amigo canino que le ponga el collar y la correa de una forma tranquila, pero cuando se siente ya uniformado para salir, empieza a tirar de la correa insistentemente para que le abra la puerta de la calle y desfogar sus energías en un paseo que pareciese el último de su vida. A los pocos minutos de haber salido de paseo, ya jadea y los músculos de sus patitas se relajan un poco, lo que me permite ir menos pendiente de la longitud de la correa. Unos minutos más tarde ya está el perro cansadete y desfogado y es cuando me acompaña, normalmente a la derecha, a mi paso habitual.
Un paseo tiene que ser eso, un paseo, no una carrera a ver quien llega antes. Debe ser pausado, para permitirte disfrutar del ambiente callejero, de las alamedas ciudadanas o de los parques verdes donde se reúnen los demás para hacer reuniones informales de jubilados, madres con chiquillos y demás personajes que los pueblan.
Siguiendo con esta máxima, Rusty me acompaña y es extraña la situación que le saque de esa placidez, para hacerle detener y alzar las orejas al viento mientras se queda mirando al infinito. Al infinito, porque yo no se exactamente que puede atraer tanto la atención del perro y aunque miro y miro, todavía no he encontrado ese motivo tan importante que frene en seco las patitas del chucho.
Gústame de sentar en un banco que hay a medio paseo del jardín más grande que hay cerca de mi casa. Es extenso, hace las veces de pulmón de la ciudad, aunque este término ya está muy manido, y permite el sosiego a aquellas personas que habitualmente paseamos por sus calles cementadas. Rusty adivina que me voy a sentar y de un saltito se coloca en un lado, para permitirme quedar juntos, compartiendo sitio.
Ayer fue cuando todo sucedió, así que intentaré contarlo con los detalles que todavía perduran en mi mente.
Resulta que serían sobre las siete de la tarde mas o menos, y estaba sentado en el banco con la espalda ligeramente echada un poco más atrás de lo habitual en el respaldo, lo que se conoce como «repantigado» en el argot popular, mientras Rusty se hallaba a mi lado, como siempre, mirando de aquí para allá.
De pronto, me fijé en que me miraba de una forma extraña, como nunca antes lo había hecho, y me quedé observándolo fijamente.
Rusty giró suavemente la cabeza, dejó de mirarme y se quedó mirando al frente. Volvió la cabecita a los dos segundos y me espetó.
– Oye Juanjo, ¿Tu como ves esto de la crisis?. Porque yo no lo tengo muy claro todavía.
Como os podréis imaginar, del susto que me llevé, el cuerpo se me quedaba pequeño para el pellejo. Me entraron unos sudores fríos y del respingo que di, me senté en los brazos de hierro del banco.
Rusty por su parte se sobresaltó un poco al verme dar tremendo respingo, pero se quedó mirándome fijamente. Luego sonrió y mas tarde se partía de risa. A su manera, pero se partía de risa perruna.
– Pero, pero… – atiné a decir entre balbuceos de niño pequeño con los ojos abiertos como platos y el corazón bombardeándome en las sienes.
– Me has asustado con esa reacción. Tampoco era para tanto – dijo mi perro.
– ¿Cómo que no es para tanto?, ¡mierda!. Un perro hablando, ¿te parece normal?.¿Desde cuando puede un perro hablar?.
– Se hablar desde hace mucho tiempo atrás, pero nunca me había decidido a hacerlo, porque no sabia como te lo tomarías. Algún día te lo explicaré porque es algo largo de contar. Lo dicho, ¿como ves tu el tema este de la crisis? – volvió a repetir Rusty.
Volví a sentarme en el banco lentamente y disimulando, porque me parecía una postura un tanto ridícula la que había adoptado tras el susto y me quedé mirándole fijamente. No atinaba a comprender la situación que se había creado.
Rusty, por su parte, se levantó sobre sus patas traseras. se arqueó sobre las delanteras, bostezó y volvió a sentarse sobre las traseras. Luego dijo:
– Yo creo que esto no hay dios que lo arregle, ya sean los de la derecha como los de la izquierda. ¡ Atajo de mangantes son todos !.  Y añadió. Mira lo mal que te va a ti desde que se inventaron toda esta historia…Te han bajado el sueldo, te amenazan con despedirte de un trabajo abusivo y mal pagado y además hay que agradecer que al menos estas trabajando, no como le pasó a Hipólito, que al final ha tenido que malvender la casa, porque le desahuciaban, vender el coche e irse a vivir con sus padres.
Se me había olvidado presentar a Hipólito. Es mi amigo , al que le gustan las «pibas» y va abandonando perros en las casas de sus mejores amigos.
Este desgraciado de Rusty me estaba tocando la fibra sensible.
– Pues mira Rusty. Yo creo que si se están viendo ya cosillas que hacen pensar que esto se está recuperando. Mi empresa, sin ir más lejos, ha contratado a una persona más hace diez días, eso significará algo, digo yo.
– Hombre, te recuerdo que tu empresa ha despedido a casi dieciocho personas, ya. Si ahora ha contratado a una en precarias condiciones, con una mierda de sueldo , y perdona la expresión, (pero es una mierda de sueldo), echando más horas que un reloj, sin derecho a paro ni nada de nada, yo creo que todavía tu jefe sale ganando, ¿no?.
En eso tenia razón este perro. La empresa había utilizado el rebufo de la famosa crisis para quitarse de en medio a mucha gente. Se ahorraba una pasta. Y ahora había metido a uno nuevo, con cara de susto todo el día por la tercera parte de lo que le pagaba a los que despidió.
No era ése un buen baremo.
Maldito perro; como me jodía darle la razón….
Al cabo de unos minutos de pensar, le dije:
– Pues no se que decirte entonces. Lo mismo tenemos que esperar aún un tiempo. Nos están rescatando…
Rusty se levantó y apoyó las patas delanteras en mi pierna izquierda. Me miró fijamente y, tras un segundo de silencio, comenzó a sonreír.
– Eres bastante ingenuo Juanjo. Rescatar es dar dinero para tenerte atadito. Más en concreto, para que no te den dinero otros que no sean los «buenos» de la película y tengan a un país dominado económicamente. Por ejemplo, si en vez de Europa, el dinero viniese de China, España sería una provincia china, ya que debería mucho a esa nación prestataria. Así que prepárate para estar unos cuantos años, atadito a lo que quieran hacer con este país los demás. Aquí no mandan ya los del congreso, mandan los del dinero.
Dicho esto, se bajó de mi pierna y se volvió a sentar en su sitio, mirando de derecha a izquierda de forma distraída.
Y debe ser cierto eso de que los amos y las mascotas acaban pareciéndose, porque de la misma manera quedé yo, mirando de derecha a izquierda el paisaje que tenía delante de mis ojos. Sin dar más importancia a los detalles.
Hasta que pasados unos minutos, el ocaso nos indicaba que era una buen momento de dejar de disfrutar ese frescor de la tarde y que sería mejor retirarse a casa.
– ¿Nos vamos, Rusty?.
El perro me miró y, sin contestar, saltó del banco. Le puse la cadena al collar y regresamos tranquilamente a casa. Rusty me dejó pasmado y confundido. Pasmado por haber visto sus dotes del habla y confundido porque sabía lo que decía y además lo argumentaba, derribando mis mas elementales pensamientos sobre el día a día.
Canis 1, Homo sapiens 0.
Anuncios

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

w

Conectando a %s