50 años no es nada…

Hola a todos y todas.

El día del cumpleaños, es una fecha muy especial, o debería serlo. A mí me gusta celebrarlo, da igual la edad que se cumpla. Pero hay edades que por su redondez numérica o por su significado especial, merecen la pena destacar. El número 50 ya tiene un cierto empaque dentro de una vida, así que debía ser éste una de las celebraciones especiales.

Puesto a pensar cómo sería la mejor manera de hacerlo, durante el crucero que nos llevó desde Venecia a San Petersburgo pasando por Lisboa, Luisa, mi mujer, me preguntó que cómo me gustaría celebrarlo. Se me ocurrió la idea de podía coger a mi familia, que son a los que más quiero, y llevarla a mi país de origen sentimental, Irlanda.

Cuando planeas esto, tienes que tener en cuenta muchos y complejos factores que entran en juego para llevar a buen fin dicha celebración, como son las fechas en la que hay que hacerla (el día del cumpleaños), las obligaciones personales de estudios y laborales de todos los componentes (exámenes, preparación de trabajos, conmutaciones de turnos con compañeros de trabajo,…). La disposición de alojamiento y desplazamiento.,, en fin un complicado entramado de posibilidades con las que tienes que ir hilando fino para que todo salga bien.

Como quiera que se complicaba en exceso la posibilidad de irnos todos juntos, dejé esa idea para un mejor momento y plantear el cumpleaños de otra manera.

Coincidiendo con el fin de curso y fechas de exámenes, Agustín, mi hijo, planeó un fin de semana en Roma con su novia y nos pidió que le echáramos una mano en planearlo ya que nosotros ya habíamos estado por esos lares. Se les sugirió sitos imprescindibles que visitar debido al poco tiempo que iban a tener, ideas de búsqueda de hoteles y posibles combinaciones de transporte. Todo lo necesario para captar la esencia de una ciudad tan bonita como es Roma.

Les coincidía con unos días de relax entre exámenes, trabajos de fin de grado y demás, con lo que debía ser en un fin de semana en particular. Y no era otro que vísperas de mi cumpleaños. 

Laura, mi hija, estaba trabajando en Madrid con un contrato de trabajo que había comenzado hacía poco y Juanjo, mi otro hijo, estaba en Gerona y, aunque había acabado sus estudios para esas fechas, tenía que organizar el cambio de piso y relax postestudiantil, con lo que no iba a estar para esas fechas por estos lares.

Y llegó el fin de semana del viaje a Roma, así que nos montamos en el coche Luisa, Agustín, Mari Ángeles y yo para dirigirnos al aeropuerto de El Altet, ya que partía de allí su vuelo, que, vía Madrid les llevaría a la ciudad eterna.

Cuando llegamos a la zona de seguridad y embarque, pasaron los chicos el arco y me preguntó mi mujer ¿no te da envidia, te irias con ellos? y yo le dije que sí. Entonces me dijo ¡Pues venga, vámonos! mientras me llevaba por el laberinto de entrada al arco de seguridad. Yo pensé,ya está, nos han sacado billetes también para nosotros y en vez de ser dos los que se van, vamos a ser cuatro. No me preocupaba el equipaje, ya que lo que se necesita para un fin de semana es mínimo y cabía en las maletas de mano que llevaban los chicos, así que fui avanzando sin problema, bastante sorprendido.

Pero la sorpresa no fue el viaje inesperado, sino el destino que pude ojear de pasada en las tarjetas de embarque que debíamos presentar al agente de seguridad. ¡ NOS ÍBAMOS A DUBLIN ! .

Y ahí empezó la cosa a tomar otro color. Porque se cumplía en parte lo que yo había pensado inicialmente para la celebración.

En ese momento no dudé que nos íbamos de viaje. Teníamos que darnos prisa porque el vuelo salía en diez minutos.

Al pasar el arco retuvieron a Luisa para revisarle la bolsa de mano que llevábamos; ahí, entonces, sí me puse un poco nervioso porque podíamos perder el vuelo si nos retenían en exceso.

Pero una vez visto que la cosa no fue más allá de dos minutos, me volví hacia donde estaban Agustín y Mari Ángeles y me encontré a Laura con un cartel de felicitación. Me alegró y me sorprendió porque las cosas habían cambiado bruscamente. Ni no íbamos a Roma, ni éramos cuatro.

Sin dar tiempo más que a un rápido intercambio de besos y abrazos, iniciamos la carrera por la terminal para llegar a tiempo a la puerta de embarque de nuestro vuelo.

Muchas novedades en poco tiempo.

Llegamos a tiempo y durante las casi tres horas de vuelo, Luisa me puso al corriente de los pormenores del proceso. 

Se venía fraguando desde la llegada del crucero y estaban todos al tanto. Cuando les propuso hacerlo, ninguno de mis hijos le dijo que no salvo Juanjo, que en un principio dijo que si y tiempo después se echó atrás porque había que coger un avión. ¿Como se llega a Irlanda sin coger un avión?,¿en barco?.

Laura había tenido problemas con los turnos de trabajo en último momento y  consiguió que un compañero le hiciera el favor, a costa de tener que machacarse a turnos a la vuelta del viaje, Agustín adelantó los exámenes y apretó la presentación del TFG para poder disponer libres esas fechas.

Se sincronizó el transporte desde Madrid para hacer llegar a Laura en avión a tiempo de enlazar el vuelo de Dublín, me propusieron votar por correo como una experiencia nueva y diferente cuando realmente era porque no íbamos a estar aquí en las fechas de las votaciones. Mi suegra, que una semana antes ya estaba con nosotros para pasar el veraneo, quedaba atendida por Almudena, la hija de nuestros amigos Juan Carlos y Puchi.

El parking del aeropuerto ya estaba preparado en modo larga distancia vía web.

Las chicas de fisioterapia donde está yendo Luisa, le prepararon unos vendajes adhesivos para aguantar el tirón del fin de semana y que le minimizaran el dolor que la bursitis le esta produciendo y poder viajar con un poco más de tranquilidad.

Se hicieron llamadas en inglés al hotel donde nos alojamos para aclarar los pormenores de reserva. 

Y muchas, muchas más cosas se movieron por detrás de mi para que pudiéramos pasar el fin de semana planeado.

Todo ese mundo subyaciente hacía que se tuviesen que callar cosas, conversaciones y demás, obviamente, delante mío.

Un fin de semana es una gota en un mar cuando de ver Irlanda se trata, pero 

Todo estaba maravillosamente orquestado por Luisa, que, sabedora de que ese era el sueño que tenía, hizo lo posible y lo imposible por garantizarmelo.

Estoy muy orgulloso de mi familia, no sólo por este fin de semana en particular, sino por todo lo que hacen y por lo que luchan por conseguir las cosas.

Me he sentido muy feliz compartiendo esos momentos con ellos y ellos conmigo. Momentos que por supuesto, ni han sido los únicos ni serán los últimos, porque la vida se basa en ser feliz y compartir esa felicidad con los tuyos.

Porque si uno de los míos está triste, yo también estoy triste, y si les preocupa algo, para mi también es una preocupación.

No caminamos solos en esta vida, sino que lo hacemos acompañados de la gente que nos quiere, aprecia y ama. Los que se separan de tu camino, han tomado su decisión, pero una familia no se basa en la distancia ni en la sangre. Está por encima de eso.

Yo quiero a mi familia, y ellos me demuestran que también me quieren a mi.

Mi familia la componen, por supuesto, mi mujer, a la que amo con locura, mis hijos, por los que daría lo que necesitaran para que la vida les sonría. Pero también la componen todos esos amigos, que con su cariño, te echan una mano cuando la necesitas; se implican en tus problemas y te transmiten sus inquietudes.

A todos ellos, y por todos ellos quiero decir bien claro ESTOY ORGULLOSO DE TODOS VOSOTROS.

Y he aquí algunas de las fotos que hemos sacado en este maravilloso regalo que es un fin de semana con la familia en Dublín y que no olvidaré.

En el puente ha’ Penny

En el puente O’Connell

Frente al hotel O’Sheas

Frente al Trinity College

Recibid un saludo

Juanjo O’Pater

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